jueves, 14 de septiembre de 2017

Ruta Desfiladero de Las Xanas


Ruta Desfiladero de Las Xanas
En el corazón del centro de Asturias se encuentra este magnífico desfiladero, hermano pequeño de la Garganta del Cares, pero para muchos senderistas mucho más bello y menos masificado. Fue declarado Monumento Natural por el Principado de Asturias, en Abril de 2002.
La ruta del Desfiladero de las Xanas, tanto por su gran interés natural, paisajístico y didáctico, como por su escasa dificultad, es una de las mejores elecciones como ruta de iniciación para pequeños y mayores. La senda fue tallada en la roca, en un antiguo proyecto para conectar los pueblos de Pedroveya, Rebollada y Dosango con el valle del Trubia. En nuestro caminar hacia Pedroveya, iremos atravesando varios túneles esculpidos en la piedra.
Su ubicación, en el Concejo de Santo Adriano, la hace accesible en pocos minutos desde las principales ciudades de Asturias. Al no ser una ruta ni muy larga ni muy exigente ( el trayecto de ida y vuelta se hace en unas 3 o 4 horas) con un recorrido de 8 km y unos 500m de desnivel, es ideal para hacer en cualquier época del año y para todas las edades.
El nombre del desfiladero hace honor a las hadas de la mitología astur, Las Xanas, hadas que habitan en los ríos y las fuentes de esta hermosa región.




Don Roberto Frassinelli
Murió en Corao, entre los vestigios  de la antigua colonia romana; cerca de Santa Eulalia de Abamia, donde estuvo el sepulcro del Rey Pelayo; a corta distancia  de Covadonga, donde dejará recuerdo imperecedero; a la vista de las Peñas de Europa, teatro de su vida salvaje y aventurera, y objeto de la pasión que le hizo olvidar todas las comodidades de la civilización y todas las aspiraciones de la vida.
Alemán  por todos cuatro costados, vino a España  en aquella época feliz  para anticuarios y bibliófilos, en que los tesoros de la desamortización se malbarataban en las ferias y baratillos en nombre del progreso y de las luces, y sus conocimientos literarios y artísticos, superiores a los de la generalidad de sus contemporáneos españoles, le produjeron  rica cosecha de adquisiciones arqueológicas. Su minucioso y exactísimo modo de dibujar le permitió conservar en verdaderas fotografías  de lápiz el recuerdo de monumentos arquitectónicos  que la piqueta revolucionaria  ha convertido en miserables ruinas. Carderera y Férnandez-Guerra decían que las inscripciones  copiadas por Frassinelli eran más fáciles de descifrar  que los originales  esculpidos  en las antiguas piedras, y las carteras del arqueólogo alemán  conservan los restos de monasterios y castillos que descubrió en sus largas correrías  a pie, en los más apartados valles, de las más remotas montañas, y de los que ya no existe  ni la más lejana memoria.
Pero si el arqueólogo y el artista eran en su tiempo una notabilidad, arqueología y arte palidecían   en él ante  el culto ardiente  que profesaba a la naturaleza. Covadonga le enamoró la primera vez que, deslizándose por el angosto y tortuoso camino que desembocaba  frente a la cueva, se le apareció en toda la salvaje  majestad é histórica grandeza de aquel lugar, cuya extrañeza, según el cronista  de Felipe II, “no se podía dar bien a entender del todo con palabras”.



            Don Roberto Frassinelli
Allí sentó sus reales, creando en la pintoresca aldea de Corao aquella casa modesta,  con su jardín primorosamente cultivado y su cueva  aquella cueva habitada, según la tradición, por el Cuélebre  fantástico y sanguinario, y de la que salía al obscurecer para vagar por su jardín la gigantesca lechuza domesticada por el sabio alemán, para reflejar  en sus anchas alas los plateados rayos de la luna.
Pero su verdadero teatro eran los Picos de Europa, Peña Santa, la Canal de Trea, los gigantescos Urrieles asturianos.
En ellos se perdía  meses enteros, llevando por todo ajuar un zurrón con harina de maíz y una lata  para tostarlo al fuego  de la yerba seca,  su carabina y sus cartuchos. Vino no lo bebía: bebía agua en la palma de la mano; carne, sólo la del robeco que abatía el certero disparo de su escopeta, y cuya asadura tostaba sobre la misma lata  al mismo fuego. Dormía sobre las últimas matas del enebro que avecinan la región  de las peñas  y de las nieves; se bañaba  al amanecer en los solitarios  lagos de la montaña, y al recogerse,  después de la penosa ascensión a los altos picos,  se refrescaba  revolcándose  desnudo sobre la nieve. En las noches de luna  trasladaba  a su cartera  los fantásticos picachos  de la caliza, los girones  desgarados de la niebla, los ventisqueros olvidados  entre las rocas,  el águila erguida  sobre la peña colosal,  el robeco trasponiendo la cortante arista  de la cumbre.
Yo cazé con él en aquella agreste y sobre toda ponderación salvaje comarca. Subí con él a las enriscadas majadas de Ario, le acompañé en la peligrosa ascensión de Peña Santa, descendimos juntos a los abismos por donde corre el espumoso Cares, y le vi atravesar impávido los ventisqueros, arrastrándose tranquilo sobre los imponentes argayos, y arrastrarse tranquilo por las verticales pendientes de las simas, agarrándose a las rugosidades de las peñas, a la grama que entre sus grietas reverdece, a la endurecida nieve petrificada en las umbrías por la indefinida acción del tiempo y del frío. 


         Don Roberto Frassinelli               
De noche nos guarecíamos  en una miserable cabaña sin más abrigo y poco más espacio que el de una hoguera, a cuyo alrededor nos agrupábamos; sin víveres apenas, pues no consentía mucha carga el género de nuestra expedición investigadora; acompañados, es verdad,  de los célebres  cainejos, los hombres-gamuzas  de aquella región, los ribereños de aquel mar de piedra, en cuyos inmensos  joos encuentran  de padres en hijos  el sustento de su miserable vida, y por fin el sepulcro para su trágica muerte.
Nunca podré olvidar la impresión  que me causaron  la primera vez  que los divisé  en compañía de Frassinelli.
Sentado en la más alta  cumbre de la majada, reponíame  apenas del  asombro  que me acababa de causar  la súbita aparición de las caladas agujas  y de las gigantescas torres de los Urrieles, a través  del tupido  manto de niebla desgarrado por las brisas del mar, y disipado y deshecho por los rayos del sol, y pidiendo noticias al más rústico de los cabreros que, apoyado en su cayada, me contestaba, sumido en la misma contemplación a pesar de su rudeza y de la costumbre, le preguntaba el modo mejor de verificar la ascensión a aquellos verticales picos.
-Ahí, sólo esos demonios de cainejos  pueden cazar….. que se pegan como moscas a las peñas,- me contestó.
—¿De dónde son esos  Cainejos? -le pregunté.
-¿De dónde han de ser? De Caín. Un pueblo colgado ahí abajo, a donde no se puede entrar ni salir, y donde viven todos de la caza…. ¡Allí los tenéis! -añadió  con el tradicional  tratamiento de su antiquísimo lenguaje, señalándome  las más tajadas aristas de un insondable precipicio. Seguí con los ojos el tosco cayado del pastor, y se me heló  la sangre en las venas. Como una mosca imperceptible  en el cuello de una botella, para seguir la comparación del pastor,  un ser con figura humana acaba de aparecer  en medio de la arista de una encumbradísima peña cortada a pico, sin que se pudiera comprender  cómo humanamente podía sostenerse allí, en aquella  luciente y bruñida vertical, colgada sobre un abismo. Un grito gutural, salvaje, ronco, resonó  en las concavidades  del joo. Un peñasco ciclópeo, sacado de su secular equilibrio por el brazo poderoso del cainejo, cayó,  que no rodó; por la pendiente, y chocando contra las puntas de las peñas, asordó el valle todo entero.  Las gamuzas  que se refrescaban acostadas en las grandes  manchas de nieve,  se pusieron en pie, irguieron  sus cabezas adornadas con los airosos cuernecillos, y el poderoso macho que las capitaneaba lanzando su penetrante silbido, se lanzó al galope,  seguido de todos los demás, por las escabrosidades de las peñas.
No tardamos  en oir una detonación, y entre el humo  producido por el disparo, vimos levantarse de una peña suspendida al borde de un desfiladero a otro cainejo que, corriendo  tras de su pieza   despeñada, la alcanzó, la remató y degolló,  y aplicando sus labios a la herida,  bebió largamente y con delicia la caliente sangre del gallardo habitante de los abismos.
Desde entonces no me separé de los cainejos todo lo que duró la expedición. Quizás debí al brazo de alguno poder contar lo que ahora escribo, y no hubiera sido posible, sin su ayuda, aquella vertiginosa bajada que desde los más altos picos de Cornión  emprendimos, huyendo de  las nieblas que amenazaban  envolvernos en lo mas peligroso de la montaña, hasta avistar  a media noche la luz  que arde perpetuamente  en la sagrada cueva, delante de la imagen de Nuestra Señora,  en los históricos lugares de Covadonga.

Don Roberto Frassinelli
Y sin embargo, durante aquella penosa  expedición, el anciano alemán apenas  probó otra  cosa que leche y agua; se mantuvo constantemente a la cabeza de la partida,  y desafiaba el extremado rigor del frío   en las noches claras para enriquecer las páginas de su álbum de dibujante.
Aún le estoy viendo, después de seis horas mortales  de bajada a plomo,  primero por las peñas, luego deslizándose por las nunca pacidas ni segadas  yerbas de la Cabritera, y por último, suspendidos de los árboles que brotan de aquellas paredes, paralelos al suelo, agotar el rústico depósito de una fuente con su fanática pasión por el agua de las montañas. Era el momento en que uno de nuestros compañeros, el ágil Ruperto, de Caín, suspendido a muchos cientos  de metros de altura del cañón de su carabina que había introducido en el agujero de una lisa é interminable pared de peña para alcanzar  con los pies un imperceptible fragmento de cornisa, convencido de la impotencia de sus esfuerzos,  luchaba en vano por retroceder. ¡Terrible instante!….Mientras más  seguros, sobre nuestros pies destrozados, contemplábamos aterrados aquella escena, oíamos a nuestro compañero de expedición, el célebre  canónigo de Covadonga D. Máximo, pronunciar las sagradas palabras  de la absolución en artículo mortis, mientras su mano, abandonando la escopeta, trazaba el signo redentor en los aires.  Como si Dios hubiera reanimado sus fuerzas, el cainejo hizo un esfuerzo desesperado y supremo, y consiguió izarse nuevamente sobre los pies en la cornisa abandonada…. Momentos 
después corría como si tal cosa  por las asperezas apenas salientes de la tajada peña, estimulado por nuestros aplausos y las voces del sabio alemán, impaciente porque llegara a tiempo a cortar la retirada de los robecos.
Era, en efecto,  un hombre muy original el Alemán de Corao, como lo llamaban los montañeses, y su originalidad lo mismo se prestaba a la admiración que al ridículo.  Covadonga ha perdido una de sus personalidades mas características; un extranjero, arqueólogo y artista, que enamorado de la grandiosa naturaleza asturiana, renunció a todas las ventajas de la vida, para sumir su alma en la contemplación  de aquellas bellezas sublimes, que solo se pueden comprender en todo el encanto de sus misterios internándose  y como perdiéndose allá en los laberintos sin término de aquellas torres de piedra, de aquellos bosques impenetrables, de aquellos lagos solitarios, de aquellas cuevas gigantescas que pueblan aquella región inaccesible a todo ánimo temeroso, a toda planta insegura, a todo espíritu, en fin, menos tocado del amor irresistible a lo infinito que embargaba  al ilustre alemán que acaba de bajar al sepulcro.
Covadonga lo recordará, y serían ingratos  sus hijos si entre las lápidas que visten las paredes de los claustros del Monasterio no se leyera  en una el nombre  del extranjero alemán  hijo adoptivo de aquellas montañas, arqueólogo, dibujante,  arquitecto, bibliófilo, literato, botánico, médico,  que reconcentró todo su amor en aquellos  lugares donde  solía vivir constantemente y a donde quiso volver pocos días antes de su muerte, como si misterioso aviso le indicase su próximo fin, y como si quisiera que sus huesos reposaran a la vista de aquellas agujas de piedra que tantas veces  conquistó con la firmeza y la tenacidad de su lápiz y de su planta,  a la sombra del venerable santuario que tuvo durante cerca de medio siglo en él uno de sus más devotos  admiradores y fervientes panegiristas. 
Alejandro Pidal y Mon. Almanaque asturiano el Carbayón. (18969.-

La climatología no les es favorable durante varios días, por lo que Prado se dedica a reconocer los terrenos próximos a Riaño. Pero el 11 de agosto  comienza, por fin, el buen tiempo. En la mañana de ese día se organiza la expedición, y después de comer, Prado y su grupo suben (llevando los caballos de la rienda) a dormir a la Vega Liordes. Se puede imaginar la emoción que Prado sintió durante aquella noche de acampada, en la que presentía posible y ya próxima la ascensión a la cumbre que tanto deseaba. De su estado de ansiedad es buena prueba lo que el mismo nos cuenta: “A las dos de la mañana me levanté para observar  el tiempo….. Nunca como en la soledad de aquel sitio  y en el silencio que me rodeaba el espectáculo del cielo estrellado  hizo en mi alma una impresión tan profunda, y durante algún tiempo permanecí como en un éxtasis. Volví luego a mi yaciga, pero ya no me fue posible cerrar los ojos”.-

Picos de Europa
Paul Labrouche . Conde de Saint-Saud

Los días 10 y 11 del mes de septiembre de 1891, los señores Olavarría y Saint-Saud realizaban  la ascensión de la Peña Mellera y llegaban a Espinama, siguiendo el curso del río Deva.  El día 12 suben  hasta el casetón  de las minas de Liordes, y el mismo día  escalan un contrafuerte de la Torre de Salinas, contrafuerte que fue bautizado con el nombre de Torre de Olavarría. Al siguiente día, la niebla y un error de orientación  de los guías les hacen confundir la Torre de Llambrión; realizando en su lugar, la ascensión  de una peligrosa cresta, Tiro Llago. El día 4 pernoctan en Caín, viitando al día siguiente la garganta de su nombre, y aquella misma tarde don Benito del Blanco, párroco de Soto, les hospedaba en su presbisterio.
La ascensión de Peña Bermeja les permitió ver de cerca las formidables escarpas de Torre Santa, y el día 18 llegan a Cangas de Onís, por Sajambre y la carretera casi subterránea del Sella.  Días después intentan escalar la Torre Santa, de la que sólo pueden alcanzar un alto contrafuerte; siguiendo al siguiente día por el curso del río Cares, pernoctando en Carreña la noche del 20 de septiembre. En 1892, más confortablemente equipado, siguen de nuevo el camino de muros de su vivienda, a que el padre Sol derrita  en la estiada las nieves que le bloquearon, y en ese brevísimo tiempo habrá de hacer la recolección  de su cosecha, sin que entre ellos resplandezca la alegría  que en la llanada produce el momento en que el hombre  que en el campo trabaja recoge el fruto con lo que la madre Tierra le recompensa.


Picos de Europa
Paul Labrouche . Conde de Saint-Saud

Entre las misérrimas viviendas se alza la iglesia.  Poco difiere de aquéllas  en humildad y en pobreza la casa de Dios; sólo las supera en altura, la del mezquino campanario, que pregona las tristezas  o las alegrías  de estos seres olvidados  del resto de la Humanidad. Si entras en la reducida iglesia, verás  a hombres y mujeres  escuchar con el fervor  de una fe bien arraigada las palabras con que un ministro del Señor anatemiza a los humanos, amenazándoles con el castigo implacable de los Cielos en pago de sus pecados….. Y tal vez,  en el entretanto, llegará  desde afuera  el horrísono estampido de la avalancha  o la bárbara música de la tormenta….. y el anciano  sacerdote exhortará  a estos resignados  al menosprecio de las riquezas de la tierra  y de las pompas mundanales….¡a los míseros que jamás lograron gustar de una gran alegría y que sólo poseen  un palmo de pradera o un menguado rebaño de ovejas o de cabras…..
Forzoso es recordar el menosprecio  con que algunos viajeros  han hablado en sus escritos  de estos humildes montaraces.  Uno hay,  sobre todo, que merecía una enérgica réplica, si no creyéramos  que basta el desprecio de ni aun mencionar su nombre  en las páginas de este libro. Sabe, lector, para tu orgullo, que no nació al amparo de nuestro cielo. Tierra de brumas y de fríos  la suya, no es de extrañar que el corazón  se petrifique  y no sea la serenidad de juicio, ya no la indulgencia por estos seres abandonados, lo que resplandezca en sus presuntuosos recuerdos de viaje.
En otros tiempos, cuando la avalancha de viajeros curiosos  cayó sobre los Alpes, apenas descubiertos, hubo un hombre de genio y de ingenio que combatió a otros también menospreciadores y difamadores  de aquellos entonces desconocidos montaraces. Esperemos nosotros a que pase por nuestras montañas otro Ruskin,  y que, como él,  de alma sana, sienta intensamente el contraste  entre la gloria de la naturaleza alpestre y la oscura pobreza  de los hombres que en medio de ella viven.

Picos de Europa
Paul Labrouche . Conde de Saint-Saud

Y, sin embargo, hemos de comprender que estos seres no son mucho más desdichados que otros hombres que, como ellos,  trabajan  oscuramente la tierra; para ellos, como para el poeta, también florecen las margaritas de las praderas, y también se despliega ante sus ojos  el portento luminoso de las auroras y los ocasos. La fatiga de su labor les prepara un sueño libre de pesadillas y visiones extrañas. Una religión adaptada a la simplicidad de sus costumbres, les permite esperar y resignarse. Poca cosa  basta para hacer feliz a quien  no tiene ambiciones.  Su pobreza no es deshonrosa, no es la miseria del mendigo, ni aun la de muchos obreros  de las grandes ciudades.  Viven  de un cambio de productos, como los pueblos antiguos, sin que la moneda  sea precisa para sus transacciones. La más absoluta sobriedad guía todos sus actos, porque un cielo riguroso y un sol mezquino  les aseguran lo necesario, pero no lo superfluo.
Y, a pesar de lo ingrata que es la Naturaleza con ellos,  aman de todo corazón este pedazo de tierra que los vió nacer  y el estrecho  horizonte que circunscriben las altas cumbres,  y, bajo aquel breve trozo de cielo y la entraña  de aquella tierra, ellos quieren  que su carne  se pudra cuando el último sueño  cierre sus párpados….. Y si el ansia  de otra vida más amplia les arrastra  a la emigración, ni un solo instante  dejan de añorar  sus montañas queridas, y la nostalgia, la morriña,  muerde en su corazón con los acerados dientes del recuerdo. ¡Patria, hermosa patria! ¡Qué ingrata eres a veces,  y, sin embargo,  cómo al recordarte  en nuestros soliloquios, el alma vuelve a encontrarte,  y el corazón acelera su latido y en los ojos asoman las amargas lágrimas  que tu ausencia hace brotar!¡Qué emoción, indefinible para quien no la haya experimentado, la de escuchar, al azar,  una canción, unas notas musicales que despierten tu recuerdo! ¡Parece como si la voz de la madre  nos llamara quedamente, y como si en nuestra frente  sintiéramos  el calor del último beso!…..
Picos de Europa
Paul Labrouche . Conde de Saint-Saud
Comprendemos por qué los jóvenes suizos que servían como soldados  mercenarios  en las milicias extranjeras, cuando escuchaban algunas de las melodías.
Viviendo en plena Naturaleza, en lo más arisco y salvaje del territorio español, bloqueado por la nieve durante seis o siete meses, y en plena montaña, cuidando  de sus ganados o haciendo acopio de hierba en el resto del año, las gentes de los Picos de Europa encuentran en la caza, en esta caza  heroica del oso y del rebeco, el deleite mayor para su espíritu aventurero y audaz. En cualquiera de vuestros viajes por estas aldeas perdidas en la montaña, encontraréis fornidos montañeses, a quienes la admiración popular ha rodeado de una aureola de héroes por sus proezas en la caza del oso o algún episodio  de su vida montaraz, en que revelaron su valentía y su serenidad ante el peligro. -

Glosario orográfico
Collada.- Brecha o paso muy elevado.
Cuelle.- Paso difícil.
Foz.- Paso de un río o arroyo por una angostura en curva.
Garganta.- Angostura formada tectónicamente entre montes y labrada por la erosión glaciar o fluvial.
Llambria.- Superficie muy inclinada y lisa en las paredes de la montaña. 
Rabiones.- Hoyas o remolinos de aguas tumultuosas en el curso de un río o torrente.
Trabes.- Amontonamientos  de nieve producidos por el viento. Ventisquero.
Valleja.- Grieta amplia en las paredes de roca.
Vega.- Pastizal llano.
Rabiones: Hoyas o remolinos de aguas tumultuosas en el curso de un río o torrente.
Trabes: Amontonamientos de nieve producidos por el viento. Ventisquero. 
Vega: Pastizal llano.
Escobio: Angostura, hoz, garganta o paso estrecho en una montaña o en un río.-



Observaciones geológicas de los Picos de Europa 
A pesar de que la principal razón de las ascensiones en los Picos de Europa fuese el determinar la altura de los mismos, el profundo observador que era Casiano de Prado no podía dejar de reparar en “el gran libro de la Naturaleza, abierto delante de sus ojos”, como el mísmo lo definió. Y ante ese libro abierto, Prado (1858) hace varias reflexiones que llaman la atención por su lucidez.
Interpreta correctamente las rocas que aparecen en los Picos de Europa como formadas en lechos o capas horizontales en el fondo del mar y se da cuenta que, si ahora se encuentran verticales y a gran altura, han debido necesariamente  de verse afectada por levantamientos y deformaciones,  preguntándose si tales hechos ocurrieron con carácter catastrófico o de manera gradual.
Acerca de las formas de vida fósil que se encuentran en las rocas, es consciente de que en muchos caso corresponden a formas extintas. Y se pregunta, “por qué las especies, si bien contando con un período de existencia mucho más largo que los individuos, llegan también a desaparecer  como éstos de la creación? Prado  revela con tal reflexión sus inquietudes  ante las grandes cuestiones  de la historia de la vida, cuestiones que, a mediados del siglo XIX, empezaban a ser debatidas. 
Observa  las formas que aparecen sobre la superficie  de las calizas  y comprende  que se deben a procesos de disolución, es decir,  a lo que ahora conocemos  como “karstificación”. Y se fija en algo que probablemente ha llamado también la atención de muchos de los montañeros que hayan hecho el recorrido  entre Cabaña Verónica y la Collada Blanca: los reguerillos sinuosos, a modo de diminutos cauces meandriformes, que el agua a excavado en las calizas  y que en esta zona son particularmente abundantes. También observa los surcos verticales, rectos y paralelos, de alto bajo y los atribuye correctamente a los mismos procesos de disolución, si bien llega  a sugerir que ello podría deberse a la acción de ácidos  fuertes como el nítrico, sustancia que hoy día sabemos que no interviene  en tales fenómenos. -

El cuentín de mentiras
Cuando yo era güen pastor
y andaba cudiando cabres
encontré un reboriu secu
redoblando con manzanes.
Púsime a tira-y pedraes
y caíen avellanes.
Con el ruidu de les nueces 
salió el amu del peral.
¿Quién mi come les castañes?
Apegómi un garrotazu.
Apuntómi nun tudillu.
Sangraba per una muela.
y encañéme per un didu.-

El valle de Caranga a Teverga 
El Hellenthal es el famoso valle del Invierno de la Selva negra y la principal vía de comunicación entre esta importante y, por mil títulos, curiosísima región y el valle del Rhin. Tiene siete leguas de largo, y la única singularidad que ofrece son dos peñas perpendiculares, y casi juntas, por medio de las cuales pasa el arroyo y el camino, llamadas el Salto del ciervo porque, segun una tradición o leyenda, un ciervo perseguido saltó de una a otra peña y de consiguiente de un lado a otro  del valle. Tradición o leyenda, que no me cuesta trabajo creer, porque he visto saltos de veinte pies, dados por un caballo inglés. ¿Qué no saltaría un ciervo    perseguido? Por lo demás, fenómenos como los de las peñas del Salto del ciervo son muy  comunes en Asturias; mas a mi juicio, que en ninguna otra región del mundo que yo haya visitado. El Hellenthal, por otra parte, despojado del prestigio que le da su nombre, no es mas que una cañada muy regular y muy estrecha, sin mas sitio por el fondo que para un penosísimo camino y para el arroyo de aguas negras, como tinta, por lo cual sin duda ha merecido tan singular denominación que conserva desde los romanos.  La vegetación es allí suavemente lozana, y ni una sola pulgada de terreno hay desde el fondo del valle hasta la cima de las altas montañas que lo forman, que no esté cubierta de elevadísimos abetos y hayas, únicos árboles que allí se crian. En los tiempos antiguos, y antes de estar  hecha esa carretera, habrá sido una empresa pavorosa y temible, tratar de meterse en el valle; por eso cuentan el dicho de Gatinat, general de Luis XIV, cuando las guerras del Palatinado que oyendo criticar una operación suya que hubiera podido llevar fácilmente a cabo operando por el Hellenthal, contestó: (No era bastante demonio para meterme allí). Posteriormente,  y casi en nuestros días, cuando las guerras  de la república francesa, adquirió una gloria inmortal por haber dado paso al ejército francés en la famosa  retirada desde el Danubio al Rhin en 1797 al mando de Moreau,  y que fue comparada con razón en su época a la de los Diez Mil.  Hoy ha perdido completamente su prestigio antiguo, hoy queda reducido el Hellenthal al paso de las diligencias entre Friburgo, en Bisgau, célebre por la torre de su catedral, que no tiene rival enel mundo, y por ser la patria de Schwartz (Negro, aquí todo es negro, hasta los hombres se llaman asi)  el famoso fraile, inventor de la pólvora y Schaf fouse, en Suiza, a donde el Rhin se precipita en una magnífica catarata en Laufen. Todos los turistas que en el verano suben o bajan el valle del Rhin, hacen esta excursión que es una de las mas interesantes que he hecho en mi vida, y aconsejo a todo el que pueda que la haga.



El valle de Caranga a Teverga 

Ya conocen los lectores de Las dos Asturias por esta imperfecta descripción lo que podrá ser el famoso Hellenthal de tanta celebridad. Pues bien; ¿quieren conocer otro que me atrevo a llamar con el mismo nombre, y que desde la creación del mundo estaba ignorado (porque estaba en España y en Asturias), y que se acaba  de descubrir  hace dos años? Pues bien; hoy que las vías de comunicación van siendo fáciles y cómodas en España, hoy que en treinta horas se sale de Madrid y se llega a Oviedo, diez y ocho en camino de hierro a León y doce a Oviedo, hagan por Dios este viaje en lugar de irse a Suiza o al Pirineo como van tantos españoles en verano, no tendrán las comodidades que allí, no tendrán ni hoteles, ni los caminos, ni nada de lo que la civilización moderna tiene dispuesto para la comodidad, recreo y diversión de los viajeros. Es verdad, nada de esto hallarán, en cambio mucha suciedad, mucha porquería  y casi tanta miseria  y tanto harapo como en Galicia.  Pero hallarán un país tan fresco como Suiza o los Pirineos, tan primitivo casi como en tiempo de los pastores de Arcadia, y costumbres parecidas; tan pintoresco o mas que Escocia y las famosas orillas del Rhin, y tan fértil  en algunas partes como la Lombardía o el valle del Arno; tan agreste o más que la Selva Negra, Suiza o los Pirineos. La vida no es en Asturias tan cómoda y agradable como en estos sitios; pero en cambio es tan barata como en Suiza y se gozan placeres desconocidos a la vida civilizada. Vengan, o mejor dicho vayan a Asturias; oigan los consejos de un pobre hijo del país; que lo había dejado a los catorce años y vuelve a los cuarenta cumplidos, después de haberse paseado y de conocer a toda Europa en las circunstancias tan ventajosas  como puede haberlo hecho otro alguno, y dice sin temor de verse desmentido:  Asturias es el país mas hermoso de la tierra. Vedlo, y os convenceréis.



El valle de Caranga a Teverga 
Vuelvo a la descripción del Hellenthal asturiano, o sea el valle de Caranga a Teverga, que a mi juicio ofrece la perspectiva mas agreste y salvaje, mas horriblemente hermosa que hay en el globo, al menos en lo que he visto de Europa. Quizá en los Andes haya habido algo  igual, según  nos cuentan los historiadores del descubrimiento y conquista del Perú en tiempo de los Incas; hoy de seguro no  queda nada parecido a la senda de Teverga. Quisiera tener el talento descriptivo de Marmontel, el historiador de los Incas; el colorido de Claude de Lanrraine o de Salvador Rosa; el pincel de Flaxman y de Gustavo Daré,  que ilustraron a Dante, todo reunido para echarlo en la senda de Teverga,  porque aun sería imperfecta la descripción  que voy a hacer. Lo hago con el temor mas grande que se puede tener en la vida, con el mismo que tuve cuando hablé por primera vez en las Cortes. Esto lo comprenden los que son o hayan sido diputados o hayan hablado. Lo hago como un reo que llevan al patíbulo, porque tiene que ir; lo hago porque lo considero un deber sagrado que me he impuesto cuando atravesé la senda, y desde niño estoy acostumbrado a cumplir todos mis deberes por desagradables y penosos que sean.
Voy, pues,  a entrar en la descripción del famoso valle y senda de Teverga. Para hacerla un poco mas soportable, para dar alguna amenidad al relato, intercalaré mis impresiones al pasarla y las extravagancias a que se ha entregado mi imaginación, esta folie du logis, loca de la casa, como con razón  la llaman los psicólogos franceses.




El valle de Caranga a Teverga 
Por una tarde entre el 10 y 15 de noviembre de este año, llegué a Caranga, después de haber recorrido en coche casi todo el concejo de Quirós, uno de los mas montuosos  e inaccesibles  hasta hace pocos días, gracias al Sr. Gabriel Heim, que ha construido como por encanto, tal parece, el camino de primer orden de Trubia a Ventana: al señor Heim  le ha pasado lo que pasa a todo hombre  que hace una gran sacrificio por sus semejantes. Comprometió su fortuna y la de la sociedad que representa  en la construcción del camino;  hizo cosas que parecían imposibles con tan poco dinero; construyó un camino hermoso en un terreno infernal; al principio, ningún elogio bastaba para el señor Heim: los ayuntamientos daban a porfía su nombre a la calle principal de sus pueblos, y el de Proaza fijó una plancha de hierro, por cierto bien mezquina con su nombre, en la Peña de Caranga.
El valle de Caranga a Teverga 
El franqueo de esta peña será siempre una obra inmortal del señor Heim, y que merece por cierto que se haga un viaje desde Oviedo sin mas objeto que verla, seguro el viajero de ser suficientemente recompensado del trabajo de ir, y del dinero que le cueste.  Y a los pocos meses de abierto, porque los ingenieros del gobierno dijeron que le faltaban algunos perfiles, ¿cómo no le habían de faltar si habían costado a lo sumo el 10 por 100 de los que ellos hubieran gastado en el camino? ¿Y había de tener los mismos perfiles? Esto bastó para que la provincia no le pagase los intereses del empréstito, que a Heim había hecho; que los ayuntamientos no le pagaran la prestación personal, que por veinte años le habían ofrecido; en una palabra, para que todo el mundo le abandonase hasta el punto de apedrearle por los pueblos, a él, que pocos meses antes habían casi divinizado.  Así son todos los pueblos. Yo le escribí sin conocerle, diciéndole que estaba avergonzado de la conducta de mis paisanos con él, que después de todo había hecho un camino, que ni soñarlo se podía pocos meses antes, y que había  transitado cómodamente en coche por sitios, por donde ni las cabras pasaban.

El valle de Caranga a Teverga 


Dejé, como llevo dicho, mi coche en Caranga,  y tomando un caballo del país  y otro para un amigo de la infancia, que me acompañaba, nos dirigimos hacia la famosa  senda. Yo conocía  un poco el país; tenía  de  él la idea mas horrible  que se pueda tener; había oído muchas historias de la senda; pero confieso  que todo es inferior a la realidad. Creo que la imaginación mas calenturienta y fantástica no ha podido inventar  nada igual ni siquiera parecido. Principiamos por atravesar el río de Quirós sobre un puente de madera tan rústico, que ni una barandilla tiene; entramos en un castañedo  de muy bellos árboles, y a poco rato llegamos a un molino que mueve el agua que baja de Teverga, y tan bonito que no he visto nada igual por lo rústico en ninguna decoración de la Sonámbula. Traía bastante agua el río, de lo cual resultaba que venía al molino mucha mas que la que necesitaba. Entraba en el canal, que era de madera cerrada; la canal tenía un agujero hacia el medio, y salía el agua con tanta fuerza, que formaba un chorro como el de la Puerta del Sol. Al molino bajaba, sin embargo, bastante para hacerle andar. Pasado el molino se entra realmente  o se sale de la senda, según se tome, y desde aquí se descubre en toda su horrible  majestad el valle que se va a pasar. Figúrense mis lectores un valle estrechísimo por cuyo fondo  solo hay sitio para el río, que por el eterno y  constante murmullo se conoce la impaciencia  y la estrechez  con que se desliza, y a los dos lados  dos murallas  naturales de peña llamada cuarcita,  muy descompuesta  y muy negra, a 100 piés por lo menos de altura del río una sendita abierta en la peña del Morinium, de tres pies de ancho, sin mas vegetación que algún roble, haya, castaño o madroño de trecho en trecho, y entre el detritus de la cuarcita crecía la erica gigántea, brezo gigante, en asturiano llamado uces,  que para agregar al horror de la escena padecía  de la misma enfermedad  que he visto en Valencia  y Murcia padecer  a los naranjos y olivos, una especie de hollín, sarro o capa negra. Nada hay en la naturaleza  que iguale al horrible silencio que allí reina. Antes de abrir la senda era dominio exclusivo de los osos, cuyos vestigios se encuentran a cada paso en los madroños  desgajados que se ven  en sitios inaccesibles a persona humana, y que ellos rompen para comerse la fruta. Siguiendo la senda hecha en muchas partes con estacas clavadas en la peña, subiendo unas veces, bajando otras,  pero siempre sobre el abismo, tanto que a cada momento veíamos piedras  que lanzaban nuestros caballos con las patas ir a caer directamente al río, suerte que nos esperaba a nosotros si faltaba el terreno a nuestros caballos o daban un paso en falso; de esta manera se andan sobre tres kilómetros, y es preciso entonces pasar el río para tomar la senda, a la orilla derecha del valle, pues ya el otro lado desde aquí es completamente inaccesible. Como se va despacio y no hay nada que le distraiga a uno, la loca de casa,  la imaginación  se me echó a volar que se yo por donde, por todas partes. 

El valle de Caranga a Teverga 
Yo no he visto nada igual ni que se le parezca, ni en los Pirineos, ni en los Alpes, y los he visto bien, pues casi  los he andado todos a pie. Ni los valles del Pirineo , ni a Aguas Buenas, ni de Cauterets al puente de España, ni de Pierrefite a Gavernie ni en los Alpes, de Ginebra a Chamounix, ni el valle de Sion el famoso arroyo de la Tete Noire, ni por último, el famoso Hellenthal de la Selva Negra, he visto nada que se parezca a este; así es que mi imaginación  me lleva a las escenas del Infierno del Dante, y  din darme cuenta iba repitiendo versos del célebre autor de la Divina comedia, habiendo empezado por estos el canto primero del Infierno.
Seguí recitando casi todo el Canto I, y cuando llegué al encuentro del poeta con las tres fieras, casi me creí en una situación parecida. También a mi se me ha presentado en mi camino la sombra refulgente de un grande hombre, detras de la sombra y  formando parte de ella, vi una alimaña, ratón hediondo, y detrás de él, en la penumbra  de la sombra, la loba del Dante con su misma significación simbólica de la concupescencia.
También  estas dos alimañas, protegidas por la sombra del grande hombre, se me atravesaban en mi camino momentáneamente; a la sombra el dirigí las mismas palabras que el Dante dirigía a la de Virgilio:
Miserere di me gridai a lui
-qualque tu siá ad ombro ad oumo cato.
Y me contestó la sombra:
Non oumo, oumes giá fiú.
Despierto de mi sueño y siguió la triste realidad sombría, como dice uno de nuestros mejores poetas modernos.
No los traduzco porque el italiano es bastante fácil de entender. Síguese con el alma en un hilo hasta la salida del valle, que presenta una escena  a mi entender sin rival en la naturaleza. La coarcita se va volviendo mas compacta  y se sale por entre dos peñas, que el ánimo se sobrecoge al pasar, porque una, la mas alta de la izquierda, tiene por lo menos 200 pies de altura, y está completamente inclinada sobre el río y sobre la senda: se llama Peña Negra. ¡Poder omnipotente de Dios!no pude menos de exclamar: “Si a esta masa le da la gana de aplastarse, ¿qué fuerza animal se necesitaría para levantarla?” La contestación  me la di bien pronto: “ninguna; solo el que la creó podría volverla a poner como está”. Se pasa el río, entre las dos peñas por un puente, que ni ideal se podría hacer como es. Aconsejo a cualquier pintor o fotógrafo que vaya y lo saque en fotografía o dibujo, seguro que no hay nada que se le parezca. En el medio del río hay una peña, por debajo de la cual sale el agua con la fuerza que de una esclusa,  que es lo que viene a ser  esta peña, pues el agua tiene por lo menos cinco pies mas de altura de la parte de arriba del puente. El puente que es de madera, está fundado sobre esta peña, que le sirve de tramo, y forma con las dos grandes peñas y el río un conjunto tan bello, que no es posible ni imaginarlo. No es mía solo esta opinión; es la misma que ha formado alguno de los ayudantes del general Prim en la cacería de osos a que asistieron con él, el verano en este mismo sitio.
Antes de proseguir con esta descripción, debo hacer mención de una cosa notable en todo el país, y que llamará  la de todo viajero; el famoso roble de Olid. Antes de llegar a la Peña Negra se vé salir del fondo del valle un magnífico     roble que tendrá  lo menos 100 pies, y descuella entre los demás, como decía Virgilio que descollaba el ciprés entre arbustos. Unos leñadores  le incendiaron por la base, y se ve quemado parte del tronco. Sin embargo, todavía se puede sacar de él una viga de 80 pies de vara en cuadro. Existe hoy, por la imposibilidad material  de sacarlo de donde está. Salgo al fin de este valle de sublimes horrores, y salgo como pudo haber salido Dante del infierno,  después de haber presenciado las horribles escenas que nos describe, recitando los dos últimos versos del Canto V, y en la misma situación que él, solo que él era de lástima por los infortunios de Francesca de Rimini, que siempre que los leo me hacen derramar lágrimas de ternura, y hoy el miedo de los peligros que acabo de pasar me hace oírlos repitiendo al atravesar el puente:
Io venni meno como s´io morisse.
E caddi como corpo morto cade.




El valle de Caranga a Teverga 
Al fin, he salido sano y salvo de este maldito valle, que así puede llamarse sin hipérbole; pero aun me queda, antes de llegar a Teverga, que atravesar la capa caliza. Aquí “está lo bueno”,  como se suele decir.  Todo lo que he referido es nada, comparado con lo que queda. Esta senda es la realización del sueño del inmortal poeta italiano. En sueños debe haber  tenido origen  la Divine Comedia. El plan es el mismo; no hay mas diferencias que este es realidad; allí se empieza describiendo horrores, y desde el canto III que describe lo que se sufre  en las antesalas del infierno, y luego el paso de las almas del Acheronte, y que dio lugar el famoso fresco de Miguel Angel en la capilla Sixtina en Roma,  reputado la primera pintura del mundo, cree el lector que la naturaleza humana no puede sufrir mas, y va leyendo 33 cantos y cada vez nuevos y formidables horrores, tanto que desde el año  1300 acá no ha habido nadie que haya imaginado nada igual. Pues esto es lo que pasa en la senda de Teverga; se principia  en un valle horrible, va en crescendo todo el tiempo, y se acaba como nadie puede imaginar siquiera. Pero ya estoy en terreno mas apacible, voy a describir la capa intermedia entre la cuarcita y la caliza. Aquí se acaban los precipicios; entra la senda  de un pie de ancho, a lo sumo, en unos prados tan pendientes  que creí oportuno  apearme  del caballo que me acababa de pasar por sitios tan malos, e hice bien, como he visto después, porque al pobre animal le costó trabajo pasar la senda y de seguro hubiéramos  ido juntos al río; luego se baja a un castañedo, en el que ví con sorpresa había dos tinglados o barracas como para construir  casas. Mi primera impresión fue decir al compañero: ¿Quién sería el desgraciado que se venga a vivir aquí?


Desde allí  percibimos del otro lado del río y a una altura inconmensurable, unas casitas arrimadas a un peñasco, como para poderse sostener en pie. Es el pueblo de Bandujo del que es oriundo el señor Tames Hevia, senador del reino y consejero de Estado. Por aquí ya se veía algún vestigio de la raza humana.  Hay un puente de madera para el servicio del pueblo y de un molino harinero que está situado a la cabeza del puente  y al lado de un peñasco formidable de caliza. Aquí principia una enorme capa de caliza compacta, que tantas maravillas nos va a ofrecer. Al pasar por delante del peñasco vi una hermosa flor azul celeste de color muy vivo y muy común en Asturias, que siempre me ha llamado la atención, mucho mas después de unas que cogí hace cuatro años en lo alto de Elgoibar, yendo a San Ignacio con una familia amiga mía amiga de Madrid, y las conservo, así como también otras cogidas hace un año en lo mas alto de Pajares, y quería conservar esta como recuerdo de un viaje por la senda. Seguimos andando por una calleja entre dos prados, y era tal el barro que había que me atasqué, y con dificultad pude sacar los zapatos, a pesar de las trabillas de las polainas. En los esfuerzos para salir de tan infernal calleja, perdí mi flor. 


El valle de Caranga a Teverga 
Fue tal el acceso de rabia que esto me causó, que prorrumpí en un sarcasmo horrible a lo que puede haber de mas sagrado en el mundo para el hombre y para mí: llega hasta la idolatría, la patria. No quiero poner en mis labios lo que dije: lo dejo   al que me han dicho, fue el verdadero autor.  A todo esto iba llegando a la parte sublime  y horrorosa de la senda. Figúrese  el lector una peña cuatro o seis veces mas alta que la torre de Santa Cruz o de otra torre que conozcan, partida por medio, a la distancia de lo ancho de la calle del Príncipe y aun menos uno de otro pedazo de peña, un río por el medio, siempre mugiendo por lo estrecho y apretado que va ente las dos peñas, tanto que algunas veces se esconde enteramente debajo de lo que se camina, y a una distancia de 200 metros de altura ó mas, una cornisa  de uno o dos pies, hecha con estacas clavadas  en la peña y sin perfil ninguno, todo lo mas en los sitios mas pavorosos una pequeña barandilla y gente que se cree racional, pasando por esa cornisa. Pues esta es la senda al llegar a Teverga.
Yo, metido ya en este terrible paso, fanático por las grandes y fuertes impresiones, admirador entusiasta del Dante y de su infierno, a lo que tanto se parece, no podía quedar indiferente a tanto horror, a tanta maravilla como se desplegaba en tan corto espacio. Mi primer movimiento fue pararme recostado sobre la peña y exclamar: “Dios omnipotente  que a un soplo de tu voluntad creaste tanta maravilla, haz que podamos ver pronto esta desde un carruaje;” aquí, como se ve, me fui intelectualmente al fondo del abismo. Pero mi situación especial de candidato a diputado así lo exigía. Además, esos eran realmente mis sentimientos, como creo serán los de todos los que por allí pasen. “ Ahí! seguí mi exclamación; mis amigos Candau y Balsameda y todos los diputados que creíais que en Asturias se gastaba demasiado, aquí os quisiera ver yo, si después de pasar este espantoso desfiladero seguíais creyendo lo mismo”! Absorto ante la imponente majestad y grandeza de aquellas moles calizas, y aterrado por el abismo que tenía a mis pies, oigo la voz de mi compañero que me decía riéndose: “Mira como boga mi tapa-bocas.” En efecto, un golpe de viento se lo había quitado y había ido a parar al fondo, es decir, al río, y flotaba majestuosamente.  Esto me sirvió de aviso,  y abotonándome el gabán para que el viento no hiciese fuerza y me echara a mi a bogar, me agarré  a la peña y agarrado seguí más de un kilómetro que dura el abismo, no mirando fijamente sino al suelo y poniendo en práctica el precepto del Dante de no mover un pie hasta que el otro está seguro. Pero de cuando en cuando me recostaba sobre la peña y la fuerza de la curiosidad se sobreponía al miedo,  y como bestializado, yo estaba largo rato contemplando las maravillas de la peña de enfrente y del abismo, hasta que sentía que mi compañero me agarraba  por el gabán y me sacaba de mi éxtasis diciéndome: “Anda, hombre, anda, que la noche se echa encima y el camino es largo y peligroso como esto”. Volvía a andar unos cuantos pasos y a repetirse  en todas sus partes la escena anterior. Durante este tiempo, la loca de la casa había tomado otro giro, la reacción del sarcasmo a la patria había traído a mi mente el recuerdo de un buen elector mío, que había visto 24 horas antes, soltero, con instrucción, con 25.000 duros de renta, que vivía, sin disputa, en el peor pueblo de Quirós y de Asturias, pudiendo  vivir en París, Madrid ó Londres, o donde le diera la gana, y a quién yo había dicho: “Cuando vuelva a encontrar  algún cosmopolita, aquí lo mando para que con este ejemplo  se convenza  de lo que es el amor a la patria.” Estas reflexiones me habían llevado a invocar  todo cuanto mas tierno había oído o leído sobre el amor a la patria, y en primer término a recitar los sublimes versos del Canto III  de la Eneida, el poema mas bello de la humanidad, y el que mejor expresa todos los sentimientos  mas delicados del corazón humano.  Abandono llorando las riberas de la patria y me lanzo desterrado al inmenso mar con mi hijo, los penates y los dioses mayores.


Por supuesto la muerte de Polydoro, que tantas lágrimas me ha hecho derramar de chico, me pareció, y es, lo mas sublime  que el entendimiento humano haya inventado en materia de sentimiento.  



El valle de Caranga a Teverga 
Necesito concluir esta relación pesada y larga. El sitio a donde llegué es un mogote de 200 pies sobre el río, en que fue preciso abrir  un desmonte para la senda entre cantos rodados y terreno de acarreo.Lo primero que ocurre es que por aquí ha pasado el río, y mucho mas alto todavía. Luego, Teverga durante siglos, ha sido un lago parecido al de los cuatro cantones en Suiza. Sobre esto tengo una teoría que, aunque es mía, la doy por lo que vale, es decir, nada. Como hijo de este país, me han llamado mucho la atención  estas angosturas, llamadas escobios, tan frecuentes en Asturias, en todos los terrenos, y he procurado   averiguar, si antes de los escobios han sido abiertos por las aguas inmediatamente después de la gran sublevación interior de las capas que tan extraordinariamente ha trastornado el terreno en Asturias, y las capas cedieron fácilmente, porque fue durante el período incandescente. No fue efecto del trabajo de los ríos durante el transcurso de siglos. De todos los escobios, este es el mas notable de Asturias por su extensión y aspereza. Aconsejo al que no tenga una cabeza a prueba de vértigos, que no se meta en él, pues de fijo acaba mal. Yo he visto las mayores alturas de Europa, desde las linternas de San Pedro en Roma y San Pablo en Londres, y desde lo alto de las torres de Amberes y Strasburgo, hasta las grietas y cavernas de hielo de 500 metros de profundidad del Mont Blanc en Suiza, que creo no ha visto ningún otro español, quizás, como no sea el Sr. Alarcón, que tan bien describe la subida á este último en su viaje a Italia.
Nunca he sufrido de vértigos hasta en el escobio de Teverga. Así como aconsejo al curioso y al artista que hagan el viaje antes que concluyan  el camino, pues se encontrarán suficientemente recompensados por las bellezas que verán, y no es la menor de ellas encontrarse, después de tanto horror, con un verdadero oasis, unos valles risueños con todas las producciones  de los mejores de Asturias.  Y no se vengan sin ver la colegiata, obra bizantina, de los primeros tiempos del catolicismo en Asturias, propiedad hoy del marqués de Vallehermoso, y fundada por los de Valdezarzana, cuyas armas, que ostentan las cien doncellas, aparecen en los templos mas antiguos de Asturias, y se ven en varias partes del edificio. No se salgan de él sin ver un Nazareno con la cruz a cuestas que hay en la iglesia parroquial anexa a la colegiata, que puede bien ser obra de Montañés o Berruguete. J. G. Miranda. Las dos Asturias. Almanaque de 1866. Para utilidad y recreo de las provincias de Oviedo y Santander. -


Casiano de Prado 
El año 1856, emprende de nuevo la marcha para aquellas montañas, no ya con el objeto de hacer una simple excursión, sino un reconocimiento algún tanto detenido de los terrenos del partido de Riaño. Por Sajambre gana el puerto de Dobres. Allí entra en el término de Valdeón, bajando a pie por un espeso monte de hayas y robles. Al fin de la bajada se hallan Caldavilla y Soto de Valdeón, en un valle transversal que tiene la cabecera en la Collada de la Vieja, por donde  se va a Valdeburón  y el puerto de Pan de Ruedas, en  el camino que va a Oseja de Sajambre y que termina en Posada.
Al día siguiente, 6 de agosto, se presentó el cielo con bastantes nubes, y como para su objeto necesitaba  se hallase completamente despejado, se determinó bajar a Caín, y desde allí hacer una excursión a la Canal de Trea, que deseaba conocer.
Como el tiempo no terminaba de afirmarse, se trasladó de aquel valle al de Vegacernaja, y después a Escaro y Riaño, reconociendo el terreno. El 11 pudo ya volver a Santa Marina, pernoctando en la majada de Liordes, hasta la que subieron también los caballos.
El día 12 de agosto, de madrugada, se puso en marcha toda la cuadrilla: eran siete hombres, entre los cuales se hallaba el ingeniero de minas don Joaquín Boguerín, entonces ayudante de Prado; éste relata así la excursión:
“Fue preciso salvar, desde luego, la cuerda que se presentaba al Norte y va de la Torre del Llambrión al Collado de las Nieves, punto que sirve de mojonera común a las provincias de Oviedo, León y Santander. Esta primera subida no es muy penosa, y desde lo alto se presentó a nuestra vista otra cuerda más elevada, a que corresponden la Peña de Moñas, ya en Asturias, la Torre de Cerredo y el Cueto de Tazano. Bajamos a la cañada que entre las dos cuerdas se forma, y tomando a la izquierda un poco, hemos entrado en la primera nieve. 
“Cuando la pendiente comenzó  a hacerse demasiado fuerte, dispuse que uno fuese delante, haciendo peales con un martillo, pues si  alguno se escurriese no se sabe adónde iría a parar. En aquel nevero sería imposible bajar, como tres años antes había hecho con mis compañeros de viaje, no sólo por la inclinación que ofrecía, sino también  porque no se alcanzaba a ver dónde y como acababa. ¡Qué yermo aquél, poblado solo de rebecos que huían delante de nosotros conforme seguíamos avanzando!
“Ya bastante cerca de la cumbre comenzamos las mayores dificultades de la jornada. Los instrumentos pasaron de mano en mano en algunos puntos, y hubo que subir  y bajar por paredes, por lo que tuve que descalzarme.
“¡Ea! Cuando menos lo pensaba, me encontré en lo alto. En verdad que la plaza era bastante estrecha: ocho metros de largo y tres por lo más de ancho. Apenas nos podíamos mover. Al tiempo de subir  se levantaban de cuando en cuando algunas ráfagas de viento del Sur muy fuertes, y si nos cogieran en lo alto, seguramente hubiéramos tenido que echarnos a tierra, por lo cual lo primero que hice fue montar el barómetro. Eran las once de la mañana y marcaba  559,30 milímetros;  el termómetro, unido al mismo, 12,7 grados, y  expuesto al aire libre, 12,6. Felizmente, el viento  no se dejó sentir  mientras permanecimos allí, y la calma era perfecta. El cielo estaba despejado en lo alto. A lo lejos, en los llanos de Castilla y León, había calina.  La Liébana, hoy, o, por mejor decir, hoyo, que en tiempos anteriores  se llamó provincia, por su situación aislada, sin duda, y cuya altura sobre el nivel del mar es bastante menor que la de Caín, se veía cubierta de nubes, que gradúo se hallaban 1.000 metros más bajas que la Torre de Llambrión.
“En rigor, no había subido a lo más alto, que era lo que yo aspiraba; pero no por eso creía yo frustrada mi expedición. Y aun cuando la geología no tuviese ningún atractivo para mi y al encaramarnos a aquellas cumbres no llevase otro objeto que contemplar el magnífico panorama que se ofrecía  a mi vista, ¿pudiera no contar aquellas  horas entre las más gratas de mi vida? Pero no,  por más que desde  mis más tiernos años tuviese gran afición a subir a los montes, sin otro objeto que recrear la vista y hacer acaso pruebas de mis fuerzas y robustez, otros eran los móviles que ahora me dirigían: estudiar unos terrenos cuya constitución física y geológica era desconocida, y verme en ocasión de ser de algún modo útil a la ciencia que reveló al mundo  en nuestra edad tantos hechos asombrosos, que es hoy día objeto de la particular atención de todos los Gobiernos, y a cuyo culto  dedican tantos hombres esclarecidos sus desvelos y fatigas, derramados por todos los ámbitos de la tierra.”
Casiano de Prado, Ingeniero español. (1820-1878)- Picos de Europa.  Contribución al estudio de las montañas españolas. Pedro PIdal (Marqués de Villaviciosa de Asturias) y José F. Zabala.-




“Los Cainejos  (naturales del pueblo de Caín) no se mueren, se despeñan”.  Sus precarias condiciones de vida, lo escarpado  de las montañas y los pasos entre ellas, les llevaba a esa forma “natural” de morir. Muchos pastores morían al ir a recoger tila, por aludes o desprendimientos, al ir a sacar un cabrito que se quedaba enriscado y no sabía salir, ya que estos se tiran al vacío, por lo que también se dice  que la vida de un pastor vale una cabra.  
De entre todos los cainejos, el más conocido fue Gregorio Perez Demaría, apodado el atrevido en su Caín natal y conocido en el mundo del alpinismo como el Cainejo.  Gregorio Pérez nace en 1853 y se dedica al pastoreo y a la caza de rebecos, hasta que  estudiosos y  aristócratas  europeos comienzan a realizar excursiones  y ascensiones por los Picos de Europa, por lo que comienza a trabajar como porteador y guía.  

Gregorio Pérez “el Cainejo” muere el 9 de julio de 1913 a consecuencia de las heridas producidas por las cornadas de un castrón.