Argandenes (Piloña)
Textos:
-Los curas.
-La muerte del xilguerín.
Argandenes: Lugar de la parroquia de San Román de Villa, en el concejo de Piloña. Está situado en la ladera del monte Cayón, y se accede desde Infiesto por la carretera PI-6 o desde Biedes, por la PI-7. En la parte superior de la colina se observan los restos de lo que parece haber sido un castro, con fosos, grandes muros y restos de construcciones circulares, y en el que se conservaba lo que parecía ser un edículo de época romana o visigótica, aunque esto es objeto de discusión. Lo más cierto por el momento es que se está excavando una gran necrópolis tardorromana. En las cercanías del castro hay restos de una capilla, dedicada a San Pedro. El nombre puede derivar de la tribu astur Arganticaeni. En el pueblo destaca la existencia de un hórreo con tallas de estilo Villaviciosa o de tradición medieval.
Los curas de entonces eran unos personajes. Las misas eran de peseta o cinco reales, pero nunca faltaban las pitanzas, es a duro, y el sueldo, como hoy, una miseria; pero la manteca, los huevos, la leña, la yerba para el caballo y algún lacón y algún queso salían de regalos o del cepillo de las ánimas, y así, la vida salía barata; aún quedaba algo para los pobres de la parroquia, para los pordioseros transeúntes, para alojar con rumbo a los médicos, curiales y romeros de la villa, y para dejar en testamento algún prado, alguna tierra o algunas onzas al sobrino casado en casa.
En los entierros de entonces, en días tales salían pobres hasta de debajo de las piedras. Formaban enjambre una asquerosa gusanera, que se anticipaba en la casa mortuoria a la que yacía ya dentro del féretro.
¡Cómo que el repartidor de limosnas era muy escogido, y había de ser hombre de confianza y de cierta reputación en la familia!. Cuatro cuartos, seis cuartos, a más de un roquete de negro pan de centeno, del que se repartían grandes fogazas.
Después del sepelio, la casa del difunto llenábase de gente. Los deudos del enterrado tenían que multiplicarse para recibir pésames, para que no faltasen viandas en la mesa, ni pienso en las cuadras, y puntales a las caballerías. Aquél día, en la casa de Nando, habría mesas a mantel en pasillos, en salas y dormitorios: en los más espaciosos comerían los curas y los señores principales; en otros más modestos los renteros y aldeanos modestos; en la huerta, en el patio, sobre las arcas y los pudines de la bodega, los criados y espoliques que traían los señores, y los llambiones oficiosos, que, sin sumarse a los pobres, se agregan siempre en esos casos y allí donde sale de balde la fartura.
Toda la casa era un bulle-bulle y un run-run que más se parecía a día de fiesta o de feria que a día de luto. La viuda, los hijos o los padres del difunto resultaban demasiado atareados para poder entregarse a su pesar, y es posible que haya que aplaudir a un tal barullo, como saludable lenitivo, aunque en exceso costoso, a las amarguras de esos días.
El ataúd sería como los de hoy, pero, el ir en ataúd era ya prueba de señorío en aquel tiempo Los pobres, que lo eran casi todos, iban envueltos en una sábana y en las andas parroquiales del cementerio. De la primera mortaja de los pobres, que era una sábana, se pasó a una fea túnica de percal; una especie de saco con mangas y capucha y con vivos amarillos o muy chillones. Hoy, ya los aldeanos amortajan a sus deudos como en la villa, con las mejores ropas que usaba el muerto.
En la Refierta paraban también las recuas de los del Puerto. El mesón de don Joaquín Segúndez, llenábase de gente y lo mismo la casa de comidas de Juanita. Acudía gente del concejo a recoger los encargos que traían los arrieros, y en la Refierta eran las despedidas extremosas de los aldeanos, que a media caballería o a toda cabalgadura, marchaban a Madrid en busca de fortuna.
Entonces reíamos los chiquillos ante aquellos gritos y lamentos de las madres o hermanas de aquellos emigrantes, pero yo sí que dejé de reír muy pronto ante aquellas escenas, y más de cuatro veces, luego, tuve que apartar de ellas los ojos arrasados en lágrimas. ¡Cuánta servidumbre, cuánto desamparo!. ¡Qué enconada lucha con la suerte comenzaba en la en la Refierta y al arrancar la recua!
Cuántos de aquéllos murieron tísicos en Madrid, cuántos volvieron tísicos a morir a su pueblo, cuántos mozos de cuerda, echadores de café, aguadores, dependientes de tabernas…. suspiraron en noches de desilusión e insomnio por la aldea de Cangas que habían dejado, por los deudos queridos que les habían despedido en la Refierta.
Los arrieros del Puerto eran conocidísimos y muy apreciados en todas partes.
La muerte del xilguerín
Taba ´l xilguerín cantandu e na rama d´un lloreu,
retozandu alborozau al callorcín mañaneru de los rayinos del sol que cayín sobre ´l del cielu.
Ya foise a matar la sede, d´amanecíu, a un regueru y andoviera po les güertes axenciandu el so pan nuestru; isi pan que Dios nos manda ganar co nel propiu esfuerzu, ente los verdes maizos y les caxines d´arbeyos. Yeren los sos cantarinos metá verdá y metá sueñu. Yeren dulces ellosiones que hollín dientru del ñeru, aondi la so xilguerina chadina sobre los güevos taba a la ´spera de dai un bandiadín de xilgueros.
Non pensaba ´l pasarín feliz ´naquellos momentos, tener denguna razón pa sentir dengún recelu; Por eso taba tranquilu canta que canta ´n lloreu. ¿Dáu diaños pudu salir aquel candenau de neñu, que mialma non llevantaba tres cuartes per riba ´l suelu, tan gachu y azorramplau, co nel andar tan arteru y tan males entenciones nes gomes del so gomeru? ¿D au diaños pudo sallir aquel condenau de neñu? -Non cantes más, xilguerín, que au queden pol mundu neños que non saben estimar los cantos de los xilgueros. Non mires tanto p´arriba pensandu que sólu hay cielu, qu´existen también caleyes au tá la maldá ´l acechu, a l´ aspera d´atrapar al que non té bien dispiertu. Mira ´l pelligru que cuerres na más que por tar contentu.
Non cantes más xilguerín, baxa los güeyos pal suelu y en viendu lo que hay debaxu llevanta rápidu ´l vuelu; gritabai la xilguerina desde les payes del ñeru. Pero antes que los sos gritos llegó la piedra al lloreu, dexandu mudos los trinos d´aquel allegre alboreu que na mañana apacible enterpretaba ´l xilgueru. Morrió con él la ´speranza que taba añerada en ñeru, al dise la xilguerina, lloca de dolor y mieu, pe los caminos allantre, dexandu solos los güevos a ondi s´estaba encubandu un bandadín de xilgueros que cuando foisen crecíos lo mesmo que el padre muertu ferín la mesma llabor de dir beber al regueru, y de axenciar el só pan entre maizos y arbeyos pa llueu dir allegrar les rames de los lloreos. ¿D´au diaños pudo salir aquel condenau de neñu con tan torcida entención nes gomes del so gomeru? Adiós, xilguerín graciosu, asperu tar e no ciertu al soponete cantandu llen d´ elosión y contentu retozando alborozau al callorcín de lo eterno axenu a toda maldá, en sin plizca de recelu, sobíu sobre una rama d´un arbolín e nel cielu.-















































































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